Homilía del inicio del Ministerio Pastoral

9 de noviembre de 2019

Nuestro Dios es el Dios de la Alianza. Es lo mismo que decir, que es un Dios que desea Casarse como un Esposo con su Esposa y vivir así en Unión infinita con cada una y cada uno de nosotros y con todos los hombres.
Y este deseo lo fue haciendo realidad en la gestación y en el delicado acompañamiento de un Pueblo: El Pueblo de la Alianza.
Nosotros venimos de ese Pueblo. Fuimos gestados en esas entrañas. Y por lo tanto, nuestra historia milenaria, nos ha marcado por este impulso vital hacia la Alianza, hacia el Encuentro y la Comunión con Dios. Dios nos busca y nosotros lo buscamos a Él, porque “nacimos alianzados”.  Como una mamá con su hijito. Alianza irrompible.
El relato del Evangelio que hemos proclamado (Juan 2,1-12), nos sitúa en el pueblo de Caná de Galilea, en medio de la fiesta de un casamiento. Allí esta Jesús, sus discípulos y María, la Madre, la Mujer.
Todos están celebrando un casamiento, una alianza entre un varón y una mujer.
Es una situación particular, que le servirá a Jesús para hacer un primer “signo”.


El casamiento es un acontecimiento que necesita ser festejado y con mucha alegría.
Pero se acaba el vino. Es la señal  que estamos en un tiempo final. Que la fiesta está por terminar.
No es algo menor que la fiesta llegue a su fin, porque en la fiesta, los seres humanos nos damos la oportunidad de vivir un momento extraordinario de alegría, de espontaneidad, de libertad, de plenitud humana, de encuentro verdadero.
En la fiesta lo eterno e infinito se encuentra con lo cotidiano, para liberarlo de todo lo que lo oprime y hacerlo más vivible.
Cuando la fiesta se acaba, de alguna manera nos invade la nostalgia y la desesperanza. Y si dejamos de hacer fiesta, si como pueblo, familia, Iglesia, perdemos el gusto por festejar, sin darnos mucha cuenta nos vamos disolviendo de apoco.
En ese instante memorable interviene la Madre, que lo pone a Jesús en una situación difícil. Hasta ese momento era uno más entre todos, pasaba desapercibido, pero ahora, luego de su mediación, lo expone y lo obliga a adelantar la Novedad, lo inédito, aquello que se transformará en la Buena Nueva para toda la humanidad, de todos los tiempos.

¿Cuál es esa Novedad?
Que Dios en Su Hijo Jesús, intervendrá  en la historia humana para que al hombre nunca más le falte Vida y Vida en Abundancia.
Jesús transforma el agua en vino. Un vino exquisito y abundante!
Ahí está el Signo. El vino Nuevo que trae Jesús es Vida, es dignidad, es inocencia, es fraternidad, es alegría, es sentido nuevo de todo, es posibilidad, es plenitud humana.
La Novedad es que Dios hace Alianza para estar con nosotros hasta el fin de los tiempos.
Lo que nos pasa a los seres humanos es que el vino se nos acaba, y esto nos pasa, justamente, porque somos humanos.
Es verdad que tenemos fuerzas y somos capaces de mucho, que podemos hacer obras grandes. Pero lo propiamente humano es que somos limitados y todo se nos termina. Eso nos asusta, nos produce un tremendo miedo que lleva a paralizarnos y cerrarnos en nosotros mismos y entre nosotros y así, se nos van terminando las fuerzas, los ideales, los deseos, las ganas, la alegría, la dignidad, la fraternidad, la esperanza. Incluso  se nos acaba la vida con la venida de la muerte.
Pero es Dios es el que pone el vino Nuevo, abundante y exquisito.
Lo que pone Dios en nosotros y en la historia humana es Su Vida, su Gracia.
Dios hace Alianza. Se casa con nosotros y está entre nosotros para siempre.
El vino nuevo de la fiesta es la Sangre de Jesús, sangre de la Alianza Nueva y eterna que se derrama por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados.
Por eso esta intervención de la Madre que lo apura a Jesús a hacer algo para que no se acabe la fiesta, cambia el sentido y el centro de la historia.
Hasta Jesús las posibilidades humanas eran limitadas, desde Jesús, por Él, con ÉL y en Él, estamos llenos de posibilidad y de capacidades nuevas.
En Jesús recuperamos la dignidad perdida. Él nos hace capaces de lo Infinito, somos capaces de Dios, direccionados a no ser menos que hijos de Dios.
Hermanas, hermanos, yo creo en esto. Soy testigo de esto. Y estoy dispuesto a dar mi vida para que en esta porción de la geografía Argentina, nuestra Iglesia de Mercedes-Luján, no falte Jesús, no falte su Vino Nuevo, Su Vida.
Deseo con toda mi alma que Jesús esté metido en las cosas nuestras, allí donde se cocina la vida: en nuestras casas, en nuestros barrios, en el trabajo, en la cultura, en la política, en la calle, en nuestra Patria.
Deseo que nosotros estemos siempre con Jesús y que no se acabe Su Vino y que ninguna persona, especialmente ningún pobre falte a la fiesta y se prive de saborear ese Vino Nuevo, esa Vida en Abundancia.
Quiero ser un Pastor al modo de Jesús, metido entre la vida de las mujeres y varones de estas tierras pampeanas con la misma pasión que descubro tiene Jesús hacia el mundo.
Confieso que soy limitado, que tengo heridas, que no siempre fui fiel a Dios. Pero todas las veces que estuvo por acabarse el vino, encerrándome en el vacío de mí mismo, experimenté el milagro, la cercanía de Dios, su Misericordia, su Amor, su cariñoso pastoreo para conmigo. Hice experiencia una y otra vez de la transformación de la vida, que lo que es imposible para nosotros, no lo es para Él. Él hace nuevas todas las cosas.
 Confieso que estoy enamorado de ese Dios, de Jesús. Me ha tomado totalmente el corazón y la vida. Me ha dejado marcado.
Considero que el peor drama humano es no saberse amado, querido, valorado por otros y fundamentalmente, es no haber experimentado el Amor fascinante de Dios.
Yo quiero ser testigo de ese Amor e invitarlos a la aventura de ir a ese Amor, no otro amor minúsculo y empequeñecedor, porque estoy seguro que al experimentar ese Amor, todo cambia.
Quisiera no caer en la tentación de dejarme seducir por esos falsos dioses achicadores de la vida, estafadores, seductores de falsos horizontes que quitan de a poco el sentido y las ganas de vivir. No al poder, sí al servicio. No al dinero, sí a la Iglesia pobre para los pobres. No al hedonismo y a la frivolidad, sí a la austeridad y a la solidaridad.
Me siento responsable que seamos una Iglesia adoradora del Dios de Jesucristo y que no caigamos en las redes de dioses falsos, que cuando los adoramos nos hacen morder el polvo.
Me comprometo a hablarles siempre del Dios que manifestó Jesucristo y nos enseña la Iglesia.
Su rostro es para mí, puro Amor, Misericordia y Ternura. Y sé que nos Ama de manera entrañable e incondicional y no sabe ni puede hacer otra cosa que amarnos y salvarnos.
Y porque he experimentado el Amor de Dios y he visto las maravillas que obra, no podría vivir sin comprometerme con la causa humana, en la defensa de las personas concretas y de la vida.
Siento que el Evangelio de Jesús nos lleva a reparar la vida desfigurada.
Considero que la Iglesia, como la ha hecho en los momentos delicados de la historia, está llamada a involucrarse y comprometerse con las mujeres y los varones concretos de este tiempo.
Hay mucho por hacer para que renazca la esperanza, para que los heridos por lo extremadamente duro de la vida, la pobreza y la exclusión, recobren su dignidad.
Hay mucho por trabajar para que la vida de nadie sea despreciada: La que está en el seno materno, la de las niñas y niños desnutridos, la de los adolescentes y jóvenes que están en la calle consumiendo y sin futuro, la de las mujeres golpeadas y asesinadas, la de las familias sin tierra, sin techo y sin trabajo, la de los ancianos abandonados, sin remedios y muriendo de a poco.
Debemos ocuparnos para que en la Patria, “donde haya odio, pongamos amor, donde haya ofensa pongamos perdón, donde haya discordia pongamos unión”.
Es mucho lo que debemos trabajar para anunciar una fe y un amor vivo que sane, afiance y promueva la dignidad humana.
El Amor de Dios nos empuja para estar presentes allí donde se necesite cuidar la vida vulnerable y vulnerada.
Estar asumiendo hoy la responsabilidad de ser pastor de esta Iglesia me produce muchas emociones:
Un enorme sentimiento de respeto por ustedes, Pueblo de Dios, Pueblo de la Alianza.
En mis 36 años de vida sacerdotal he ido aprendiendo lo sagrado de lo humano, especialmente compartiendo las situaciones de mucha fragilidad. Los respeto y me siento invitado a entrar descalzo como Moisés para descubrir la presencia de Dios en la historia de esta Iglesia, en cada una, cada uno de ustedes, en cada comunidad.
Estoy maravillado y asombrado de lo que Dios fue haciendo en mí. He sido, un pibe de barrio, hijo de un colectivero y una mujer ama de casa. Un joven técnico mecánico. Dios es un gran tejedor de la historia de cada uno de nosotros. Ninguna hebra de lana se le escapa. Va tejiendo un entramado que sólo percibimos en algunos momentos y no del todo, porque sigue tejiendo. Sigo preguntándole qué ha visto en mí para llamarme y hacerme ahora apóstol suyo.
Tengo un cierto sentimiento de temor fruto del contraste entre los desafíos y mis limitaciones. Temor de mí mismo, no de Dios, ni de ustedes. De mi incapacidad para pastorear al modo y a los tiempos de Dios. Al final de la misa se distribuirá mi primera Carta Pastoral que titule: “Al ritmo del Espíritu del Señor”. Todo lo que allí les digo, lo pensé delante del Señor y lo deseo de corazón.
Siento una enorme confianza en Dios y en ustedes. Tengo una paz que viene de lo Alto. Aquí estoy, aquí estamos, el Señor hace maravillas.
Esta confianza casi ingenua, me llena de alegría y serenidad.
Sepan que tengo muchas ganas de trabajar por el Reino de Dios y por la Iglesia. Tengo un borbotón de cosas que deseo hacer, pero no sin ustedes. La Iglesia es Sinodal por naturaleza. Caminaremos juntos. Estamos “sinodalizados”.
Esto significa que por momentos iré adelante como padre, al medio como hermano y al final como discípulo siguiendo el olfato de ustedes.
Acompáñenme, corríjanme, hablen conmigo con total confianza, levántenme, sosténganme, abrácenme, cuídenme, recen por favor por mí.
Siento el enorme placer de agradecer todo lo hasta aquí vivido y todo lo por vivir. Todo viene de Dios. Absolutamente todo. Gracias Dios Nuestro! Gracias!
A mis padres, Teresa de Jesús, a Eduardo Luján, a mi hermano Beto, Lorena su esposa y sus hijos: Miranda, Timoteo, Ismael y Santiago.
Amigas y amigos todos, compañeros del camino de la vida, todo lo que soy tiene las marcas profundas de ustedes.
Gracias hermanas y hermanos cristianos!
Gracias Pueblo de Dios! A las comunidades que han venido de tan lejos!
Gracias queridos hermanos sacerdotes, diáconos, seminaristas!
Gracias querido Agustín por este tiempo que caminamos juntos!
Gracias queridos hermanos en el Episcopado! Somos el Colegio Apostólico de la Iglesia que peregrina en Argentina. Qué misterio!
Gracias querido Santo Padre Francisco, por tu cariño y confianza. Le doy enormes gracias a Dios, que seas nuestro Pastor en estos momentos de la historia!
Gracias queridas autoridades políticas. Rezo, rezamos por ustedes. Con nuestra oración los acompañamos para que sientan un gran impulso y fuerza para servir con total generosidad al tan amado y herido Pueblo Argentino.
Queridas hermanas, queridos hermanos, convoco a todos, a rezar una Misa por la Patria el día de la Virgen, el 8 de diciembre, a las 11.00, en la Casa de la Madre de todos los argentinos, en Luján.
Invoco ahora a María, en sus sobrenombres de María de las Mercedes y a María de Luján.
Le pido a nuestra Madre que se meta como lo hizo en Caná y nos invite a hacer todo lo que nos diga Jesús.
Hago mías las palabras del Siervo de Dios, el Negro Manuel. Es mi lema episcopal: “Soy de la Virgen Nomás”
Hoy estamos de Fiesta, como en Caná de Galilea, haciendo memoria y actualizando la Alianza. Esta Jesús, esta María y estamos nosotros sus discípulos.
Quiero entregarles toda mi vida y deseo comprometerme con esta Esposa de Jesucristo que son ustedes y a la que por Voluntad de Dios y del Papa Francisco me uno definitivamente en una alianza pastoral.
Entonces, delante de mis hermanos obispos, delante de ustedes queridos sacerdotes y diáconos, mis primeros colaboradores, de las queridas religiosas y religiosos, delante de ustedes hermanas y hermanos laicos, quiero decir con emoción las palabras que un esposo pronuncia a su esposa el día de su casamiento.
Así deseo celebrar hoy la Alianza y mi desposorio con ustedes hasta que Dios lo quiera:
“Yo Jorge Eduardo te recibo a ti Iglesia de Mercedes Luján como mí esposa y prometo serte fiel, tanto en la prosperidad como en la adversidad, en la salud como en la enfermedad, amándote y respetándote durante toda mi vida”.

Amén.

+Jorge Eduardo Scheinig

Arzobispo de Mercedes-Luján

Fecha noviembre - 10 - 2019