El APOSTOLADO DEL CURA JOSÉ GABRIEL DEL ROSARIO BROCHERO EN LAS CARTAS DEL P. BARTOLOMÉ AYROLO (1897)

 “Encierra Brochero un corazón más grande que todo el departamento de que es digno cura”

 RESUMEN

El presente artículo se publica en adhesión a la reciente canonización de San José Gabriel del Rosario Brochero, realizada por el papa Francisco, en la Basílica de San Pedro,  el 16 de octubre pasado. El autor, en la primera parte, presenta la figura sacerdotal de Brochero, señalando en particular los rasgos de su personalidad, las condiciones del medio humano donde desarrolló su ministerio de párroco y las características de su apostolado, que despertó entusiasta admiración, tanto entre sus contemporáneos como en la actualidad. En la segunda, transcribe las cartas de un sacerdote diocesano de aquella época que visitó la parroquia de Villa del Tránsito; y cuya lectura permite contemplar a aquel santo párroco desplegando todos sus desvelos de buen pastor.

 

Palabras claves: Cura Brochero. Bartolomé Ayrolo. Ejercicios Espirituales. Canonización de Brochero. Promoción de Traslasierra.Villa del Tránsito.

ABSTRACT

Abstract:

This article is motivated by San José Gabriel del Rosario Brochero’s recent canonization, hold by pope Francis at San Peter Basilica on October 16th 2015. In the first part the author presents Brochero as a priest, pointing the aspects of his character, the enviroment in which he developed his ministery and the characteristics of his apostolic work, that fascinated people during his life and nowadays. The second part contains the letters of a secular priest who visited the parish Villa del Tránsito during Brochero’s life. In this way we can contemplate the holy priest as the good shepherd.

 

Key words: Cura Brochero, Bartolomé Ayrolo. Spiritual Excercises. Brochero’s canonization. Traslasierra promotion. Villa del Tránsito.

 

 

INTRODUCCIÓN

 

A principios de enero de 1897 el joven sacerdote porteño  Bartolomé Ayrolo visitó la zona cordobesa de  “Traslasierra” con el propósito de aliviar una afección pulmonar que padecía, pues el médico le aconsejó respirar por un tiempo el reconfortante y sanador clima serrano. En tal oportunidad tuvo ocasión de conocer al “mentado” Cura Brochero y apreciar de cerca sus múltiples emprendimientos pastorales, quedando de inmediato prendado de su figura y de la grandeza de su corazón sacerdotal.

El P. Ayrolo nació en San Vicente, provincia de Buenos Aires, el 8 de diciembre de 1870. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Conciliar “Regina Martyrum” de la Arquidiócesis de Buenos Aires; y en 1894 recibió el presbiterado, juntamente con monseñor Miguel de Andrea y otros sacerdotes destacados de la época. Su primer destino pastoral fue la Parroquia “Inmaculada Concepción” de Quilmes, en calidad de teniente cura. Desde el inicio de su ministerio demostró poseer ardoroso espíritu apostólico, comprometiéndose de modo especial en las cuestiones sociales del momento, preocupación que lo llevó a fundar el “Círculo de Obreros de Quilmes”, a los pocos días que el P. Grote lo hiciera en la parroquia de “Ntra. Sra. de la Asunción” de Avellaneda.

 

Durante su estadía quilmeña Ayrolo realizó el mencionado viaje desde la estación ferroviaria de Retiro  con destino a la ciudad de Córdoba, acompañado de un viejo conocido, Juan Viacava; y desde allí a Cruz del Eje, evitando de este modo llegar a Villa del Tránsito por el penoso camino de las “Altas Cumbres”. Esta segunda parte del trayecto, la realizó en compañía del obispo de Córdoba, Reginaldo Toro, de la familia Zaldarriaga, que tenía parientes en Quilmes, y de Saturnino Allende. El tramo de Cruz del Eje a la población de Soto, punta de rieles por entonces,  lo hicieron en “tren carreta”, encontrándose en la estación  por casualidad (al parecer) con Brochero,  quien enterado que para continuar el camino a Villa del Tránsito no dispondrían de medio alguno, les envío un atento mensaje, que los sacó del apuro: “no hay galera ni coche: les proporcionaré caballos: si quieren ir a caballo, bien y sino se queden”. No bien los dos viajeros llegaron a la Villa se convirtieron en huéspedes de aquel párroco serrano que los llenó de cumplidos, como buen anfitrión que era.

 

Por aquel tiempo Brochero llevaba veintiocho años al frente del curato, tiempo suficiente para que todos sus sueños pastorales alentados desde la juventud se encontraran  prácticamente realizados y con reconocido éxito, tanto desde el punto de vista de la impronta evangelizadora como de la promoción humana, realidades para él inseparables. Todo se había plasmado gracias a la generosa entrega del pastor como a la permanente y eficaz colaboración de sus feligreses: la casa de ejercicios, el colegio de niñas, la catequesis, la renovación moral y religiosa de la extensa parroquia, el trazado de caminos, la construcción de sistemas de regadíos y capillas, las obras del nuevo templo parroquial, etc. Sin embargo, su última preocupación no se había plasmado aún y continuaba bregando por ella: conseguir del gobierno nacional la aprobación del ramal ferroviario entre Soto y Villa Dolores que vendría a garantizar el sostenido progreso de la amplia y postergada región de “Traslasierra”.

Por tanto, Ayrolo se encontró en presencia de un Brochero maduro,  de voluntad férrea y convicciones acendradas, manteniendo intacto su incansable celo pastoral, custodio de la fe de sus parroquianos,  fogueado en las adversidades y en el ejercicio extraordinario de la virtud,  desprendido y generoso al extremo. Aunque   disimulando, en cuanto podía, los achaques del cuerpo, deteriorado al paso de los años, sometido permanentemente a las duras condiciones de la vida serrana.

 

Un año después, en mayo de 1898, Brochero dejará con inmensa tristeza la parroquia de Villa del Tránsito al haber sido nominado canónigo de la Catedral del Córdoba. Si bien, en agosto de 1902, retornó a la misma al renunciar al oficio por considerarlo una dignidad eclesiástica que no se avenía con su personalidad. Decisión que expresó, mediante su peculiar y elocuente gracejo serrano, diciendo: “Estos aperos no son para mi lomo, ni la mula para este corral”, aludiendo al hábito propio de los canónigos.

El presente artículo consta de dos partes.  Una breve semblanza de la personalidad de Brochero y de su itinerario pastoral[1]; y el texto de las cartas que Ayrolo escribió a su párroco, Antonio Rossi, describiéndole minuciosamente las etapas del viaje,  las maravillas de las sierras cordobesas y la estadía en Villa del Tránsito. Cartas que por su valor informativo fueron publicadas en el periódico parroquial de Quilmes, “La Estampa”, como más adelante se dirá.

 

EL INFATIGABLE CURA DE LAS SIERRAS

 Desde temprana edad quiso ser sacerdote

El  Cura Brochero, en el testamento que redactó en el año 1910, recuerda con afecto y agradecimiento sus orígenes familiares. Al respecto, escribe:

 

“José Gabriel Brochero…, vecino de esta Villa de Santa Rosa, Pedanía del mismo nombre, Departamento de Río 1°, Provincia y Obispado de Córdoba en la República Argentina, hijo legítimo de los finados Ignacio Brochero y Petrona Dávila, católico apostólico romano. Creyendo y esperando en cuanto cree y espera nuestra santa madre Iglesia, en cuya fe nací, he vivido y protesto morir, defendiéndola y enseñándola con mi palabra y ejemplo. Mi señor padre… había soportado tantos sacrificios morales y materiales por toda su familia, hasta llegar a exponer su vida para no dejarse saquear con cuarenta y cuatro gauchos que le salieron en el desierto, que había entonces entre Córdoba y Santa Fe, donde había llevado alguno de los productos que había elaborado ese año, a fin de alimentarnos, educarnos y darnos el ser social que gozamos”[2].

Fue sacerdote diocesano y párroco por muchos años. Nació en el seno de una familia rural de posesión económica y social discreta, dedicada a las tareas de la agricultura y la cría de animales. Sus padres, Ignacio y Petrona, fueron personas profundamente cristianas, impregnando el hogar de acentuada piedad y religiosidad. Y en ese clima de fe y confianza en la Providencia creció el niño José Gabriel. Cursó la escuela primaria en su pueblo natal, Santa Rosa del Río Primero, destacándose por su capacidad y su dedicación a las tareas escolares.

La figura sacerdotal del párroco del lugar, el presbítero Adolfo José Villafañe lo impresionó vivamente. Al punto que a fines del año 1855 le dijo a su madre: “Madre, yo quiero ser como el Señor Cura”. Nace  así en aquel adolescente cordobés una profunda inclinación a la vocación sacerdotal, que el mismo se encarga de recordar en el pedido de solicitud  para recibir, en el año 1862, la tonsura y las órdenes Menores:

 

“Ante Vuestra Señoría Ilustrísima con el debido respeto y como más haya lugar en derecho, parezco y digo que, habiéndome sentido desde mis más tiernos años inclinado al estado sacerdotal, he practicado medios conducentes a examinar mi vocación y adquirir, en cuanto lo permitan mis fuerzas, la idoneidad que para tan santo estado se requiere”[3].

Ingresó al Seminario de Córdoba  en el año 1856, cuando cumplió 16 años, en calidad de pensionista. Su conducta de seminarista fue siempre ejemplar de tal manera que le valió la confianza y la distinción de los superiores. Quienes lo conocieron atestiguan que era serio, aplicado al estudio y piadoso. Al punto que le encomendaron fuese bedel para acompañar a sus compañeros a la Universidad. A la vez, que lector y catequista en la Casa de Ejercicios de la Compañía de Jesús, cercana al Seminario, preparando a la gente sencilla para la comunión eucarística, dando claras muestras de celo pastoral. En todos los exámenes aparece con la calificación “plenamente aprobado”.

 

Al finalizar los estudios eclesiásticos sufrió una fuerte crisis  vocacional. Comenzó a dudar de abrazar el sacerdocio por considerarlo una dignidad muy elevada para él, fruto de un acentuado sentimiento de humildad. Para tomar una decisión consciente, aconsejado por el jesuita José María Bustamante, resolvió realizar los Ejercicios de San Ignacio. La plática de las “”Dos banderas” impresionó  profundamente su espíritu generoso; y decide consagrar su vida al seguimiento total de Cristo.  En el mes de mayo de 1866, tras haber terminado el curso de teología y derecho canónico, escribe al Obispo:

“He examinado nuevamente mi vocación y pensamiento firme en el propósito de consagrarme al servicio de Dios nuestro Señor y de su santa Iglesia, por medio de las órdenes mayores hasta el presbiterado, si Vuestra Señoría Ilustrísima se digna acogerme con benignidad y contarme en el número de los ministros sagrados, deseo dar principio a la recepción de dichas órdenes en el tiempo y forma que Vuestra Señoría Ilustrísima tuviere a bien disponer”[4].

 

En esta circunstancia reconoce su origen uno de los aspectos fundamentales de su posterior actividad apostólica. Difundir entre el pueblo fiel, especialmente entre los habitantes del campo y la gente sencilla, la práctica de los ejercicios ignacianos. Años más tarde para cumplir con este propósito de los años juveniles, emprende con todas sus energías la construcción de una gran casa para que los habitantes de las sierras pudieran contar con un lugar adecuado y cercano para la práctica  de los ejercicios espirituales.

 

  1. Párroco Traslasierra

     Con el paso de los años, en 1869, fue nombrado párroco del Curato de San Alberto: parroquia inmensa en la zona de “Traslasierra”, que reunía en su jurisdicción unos 7.000 habitantes, con una extensión aproximada de 120 kms. de norte a sur; y de 100 kms. de este a oeste.  Los límites, al norte la población de Soto; y al sur, Villa Dolores. Al este, las Sierras Grandes, con 2.300 metros de altura en la Pampa de Achala, con el valle regado por el río Panaholma. Al oeste, los extensos llanos de La Rioja.

Las características fundamentales de la  parroquia eran: dificultades propias de la zona serrana (aislamiento), grandes distancias entre Villa y Villa,  pésimos caminos, transitados sólo a lomo de mula, población sumamente dispersa. Y una feligresía sumida por lo general en la pobreza material con acentuadas carencias religiosas y morales. Además el enorme curato se encontraba aislado y casi incomunicado con la ciudad de Córdoba. No se contaba ni con telégrafo, ni teléfono, ni correo directo, ni caminos adecuados, de modo que las noticias llegaban con varios días y a veces con semanas de retraso.

Con el correr de los meses el nuevo párroco fue cambiando completamente la fisonomía religiosa y moral del curato. ¿Qué medios utilizó? Evangelización intensa: catequesis, ejercicios espirituales, sacramentos; y promoción humana: educación y “civilización” (llevar el progreso al Curato de San Alberto).

 

Se puede decir que en su tiempo el Cura Brochero fue unos de los hombres más populares y más conocido en Córdoba, provincias vecinas y en buena parte del país. Él tenía acceso tanto al despacho del Presidente de la República (Juárez Celman), como el del gobernador de Córdoba (Ramón J. Cárcano), o a la casa de varios diputados, como también al rancho de la familia más pobre y humilde de la región serrana.

 

Su figura sacerdotal llegó a los lugares más distantes y de difícil acceso de su parroquia. Se preocupó por la suerte de todos, incluso de los bandidos que aterrorizaban a la gente de campo y hasta las mismas fuerzas del orden público, como Santos Guayaba, el “Seco”, el “Sapito” y otros. Esta popularidad motivó que la misma Villa del Tránsito, lugar donde habitó por largos años, perdiera su auténtico nombre para ser llamada Villa Cura Brochero.

  1. Características de su apostolado

Su apostolado sacerdotal posee dos características fundamentales. Profundamente religioso: dispensador de la gracia divina. Brochero vive próximo al altar, sobre el púlpito, en el confesionario, junto a la cabecera de los enfermos, enseñando el catecismo, organizando las tandas de ejercicios espirituales. Y encarnado en la realidad social de su feligresía: sus días transcurren entre los hombres y mujeres de su extensa parroquia, conoce sus carencias y aflicciones, habla su lengua, colabora en la solución de sus problemas, incluso de orden material, promueve sus aspiraciones,  trabaja por introducir los progresos técnicos destinados a mejorar sus condiciones de vida[5].

 

Esta vida apostólica “encarnada” en aquel medio humano era ciertamente difícil. Porque ‒como lo señala Antonio Aznar‒ estar con los hombres y mujeres de Traslasierra, vivir como ellos, y no convertirse en uno de ellos, es decir, no perder su identidad sacerdotal, es un auténtico milagro de la gracia. La influencia psíquica inconsciente es una ley psicológica inflexible. La masa termina por arrastrar o envolver al individuo. Cosa que nunca ocurrió en la vida de Brochero[6].

 

Su trabajo apostólico fue un milagro de este género: encarnado, pero no devorado por el medio humano. Vivía encarnado en la vida de sus parroquianos. Hablaba su misma lengua, con las mismas palabras, giros, dichos, comparaciones (“gracejo brocheriano”). Y consiguió con buen éxito transformar la región bajo su cuidado pastoral –fría e indiferente– en una región profundamente cristiana. Al respecto como bien dice un evocador de su existencia, el Pablo Paravano:

“Brochero hablaba de penitencia y empuñaba la disciplina, o se privaba de alimento en riguroso ayuno, o de fumar para convencer a otros. Hablaba de caridad y la ejercía hasta el punto de poderse sospechar con fundamento que la lepra la contrajo en sus visitas a un leproso y a una leprosa, que para darles ánimo y quitar importancia a la dolencia tomaba mate con la misma bombilla que usaban los enfermos. Hablaba de limosna y él lo daba todo, sin cuidarse de sí, de tal manera, que si no hubiera sido por sus parientes y amigos, que se preocupaban de que anda le faltara, hubiera carecido de lo más indispensable. Hablaba de oración y él era asiduo a su práctica. Siempre llevaba consigo el Evangelio, el breviario y el rosario, que desgranaba en sus viajes”[7].

  1. Hombre de Dios

 

Brochero es el tipo de sacerdote auténticamente “liberador”, sin ninguna suerte de demagogia, ni recursos ideológicos de carácter político‒sociales. Él intenta convertir los corazones; y con su conversión desarrollar la virtud de la caridad en su aspecto de generosidad, de servicio. Para cumplir con este propósito emprende su gigantesca empresa o proyecto pastoral, que supone: recorrer a lomo de mula inmensas distancias; pedir limosnas para construir la casa de ejercicios, la iglesia, la escuela y varias capillas; abrir nuevas vías de comunicación (camino, ferrocarril); organizar la construcción de puentes para poder transitar con carros y coches tirados por caballos o mulas; proyectar obras de regadío, etc.

En sentido cabal Brochero fue un verdadero promotor del bien espiritual y material de su feligresía. Al respecto, Edmundo Rodríguez Álvarez, vicario general de la arquidiócesis de Córdoba, quien fue párroco del curato de Brochero, entre 1924‒1928, dejó expresa constancia  de ello al prestar  declaración al momento de iniciarse el proceso de canonización:

      “Afirma rotundamente el testigo que el Siervo de Dios se preocupó de la promoción social de la zona: caminos, escuelas y enseñanza. De hecho él mismo planeó el camino, que es el de Soto, pasando cerca de Brochero, para rodados; había antes caminos de cabalgadura. En pidió a la Nación y no sabe si a la Provincia este camino, que estaba presupuestado en 60.000 pesos de entonces, más o menos; le dijeron que no tenían. Él les dijo: “Si yo se los hago, ¿me ponen mensajería dos veces por semana?”. Y el Gobierno accedió. Y entonces él se puso a hacer el camino con la ayuda de sus feligreses. El Colegio de las Hermanas también es obra de él; el regadío también se dio maña y lo llevó a la práctica. Combatió mucho en la construcción del ferrocarril a Villa Dolores, de indudable importancia para la zona; pero finalmente no lo consiguió. Trabajó por implantar el Reino de Dios. Visitaba todos los centros poblados de su parroquia. Estaban primero las capillas –una sola queda en pie, la de Panaholma-, también las casas de sus feligreses y andaba por todos lados, aún por los llanos de La Rioja, San Juan y San Luis”[8].

No contamos con ningún escrito íntimo de Brochero que pueda reflejar directamente su personalidad espiritual. No obstante, se puede tener por cierto que, dentro de la sencillez de su vida, alcanzó a encarnar un ideal sacerdotal signado por la “santidad heroica”. Al respecto, un contemporáneo suyo, escribe en el diario “El Progreso” de Córdoba el 12 de junio de 1877:

“El Señor Brochero es el modelo de los curas de campaña, por sus virtudes ejemplares y por su noble desprendimiento y generosidad para trabajar en el cumplimiento de su ministerio, empleando todos los recursos en la fundación de escuelas y en obras de beneficencia de toda clase. Su celo y la virtud evangélica hacen que la enseñanza religiosa se difunda en las masas y que el vicio y la corrupción sean  combatidos por la palabra y el ejemplo del verdadero sacerdote de Jesucristo como es el Señor Brochero”[9].

 

Vale decir, sacerdote modelo por su virtud, especialmente por su desapego de las cosas materiales y por su generosidad. Dispuesto a ofrecer todos sus recursos económicos para la fundación de escuelas y obras de beneficencia. Además, su celo apostólico y la enseñanza del catecismo hicieron desaparecer de su parroquia la corrupción y el vicio, implantando con solidez la vida cristiana en Traslasierra. La fuente de este agotador dinamismo pastoral fue el amor al Sagrado Corazón de Jesús. Repetía: “Yo creo como ustedes que el Sagrado Corazón me ha de pagar los sacrificios que hice en esta región serrana; y los demás que he sembrado por las provincias, según han sido mis intenciones”[10].

 

Brochero no era un afiebrado de la acción. Trabaja bajo el influjo del Sagrado Corazón, y por un fin sobrenatural. En su testamento declara ser: “católico, apostólico, romano, creyendo y esperando cuanto cree y espera nuestra Santa Madre Iglesia, en cuya fe nací, he vivido y protesto morir defendiéndola y enseñándola con mi palabra y ejemplo”[11]. En la raíz de este dinamismo apostólico encontramos un propósito clave: la enseñanza y la defensa de la fe cristiana, amada con verdadera pasión. De este propósito nace toda su disponibilidad pastoral: “cuantas veces quieran –decía- estoy para todos, siempre que haya algo que arreglar”. Este propósito lo lleva siempre a estar pronto para afrontar cualquier sacrificio que redunde en beneficio de los otros.

  1. La Casa de Ejercicios de Villa del Tránsito

     La  construcción de la Casa de Ejercicios, el corazón de la obra pastoral de Brochero, se inició el 16 de agosto de 1875, y fue inaugurada en agosto de 1877 con la primera tanta de ejercitantes. Junto a ella también hizo un colegio para niñas y luego otro para varones. Hasta que pudo contar con  la Casa de Ejercicios en el mismo curato, Brochero acompañó por varios años a muchos de sus feligreses a Córdoba, varones y mujeres, cruzando en invierno las altas sierras, para que en la casa de la Compañía de Jesús pudieran recibir los beneficios de los ejercicios ignacianos, fuente permanente de renovación religiosa y moral para las familias de Traslasierra.

El jesuita José María Bustamante, estrecho colaborador de Brochero en este sentido, se encargó de poner de manifiesto el significado de aquella trascendente iniciativa, en carta del 24 de julio de 1881:

“Pero el Señor Brochero que sabe por experiencia cuán grande es la eficacia de los Santos Ejercicios para comunicar la verdadera luz del cielo a las inteligencias y hacer que la gracia triunfe  en los corazones más rebeldes,  no vaciló un instante en adoptar esta arma poderosa para la santificación de los encomendados a su cuidado. Para un hombre como el Señor Brochero, sacerdote celosísimo que deseaba ver a todos sus feligreses santificados por medios de los Ejercicios, este era un motivo de aflicción profunda y no pudiendo soportarlo por más tiempo, emprende la construcción de una Casa de Ejercicios en su propio Curato. Si semejante empresa hubiera sido acometida unos cuantos años antes, cuando todavía no se habían experimentado los saludables efectos de los Santo Ejercicios, habría sido, humanamente hablando, una temeridad. Aún entonces se creyó por muchos ser imposible.

Pero Dios, que es rico en misericordia y bendice las empresas de los que en él confían, puso tanta gracia en los labios del Señor Brochero para mover los corazones que, en pocos meses, se vio levantando un edificio muy superior a lo que antes se había imaginado. Él pensaba construirlo de un solo patio, pero viendo que las limosnas, que son los únicos recursos, abundaban, añadió otro con un comedor de sesenta varias de largo, y todo de cal y ladrillo. Una parte de la madera fue arrastrada por caballos de 13 o 14 leguas, teniendo que subir una escarpada cuesta, que sólo acomodarla costó grandes trabajos. ¿Todo esto hubiera sido posible sin un grande entusiasmo por los Santos Ejercicios? Pero las miras del Señor Brochero se extendieron más allá.

Mucho era ver levantada una casa de 64 varas de fondo por 132 de frente, con sus grandes patios, corredores anchos y espaciosos aposentos, sin contar el comedor y otras varias oficinas […], para dar los Ejercicios en un lugar casi despoblado, pues la Villa apenas cuenta con una docena de casa regulares y algunas de éstas más bien podrían llamarse chozas. Más esto no era bastante, y el temor, por otra parte, que un día pudiese verse abandonada, le hizo surgir la idea de levantar un edificio para Colegio de Niñas que estuviese a cargo de una congregación religiosa, la cual tuviese por objeto, no sólo la enseñanza sino también atender Casas de Ejercicios.

    Al proyecto siguió después la realización, y a la fecha, la Villa del Tránsito, ostenta otro grande edificio, contiguo a la Casa de Ejercicios, de 45 varas de frente por ciento de fondo. Este edificio contiene un buen claustro para las religiosas, además, de un departamento con su gran patio, rodeados de hermosos corredores para niñas internas. Hay también otro departamento pequeño con su patio y escuelas necesarias para niñas externas. Contiguo al patio de las niñas internas existe una espaciosa quinta… Se ha construido también una casa para los sacerdotes que vayan a dar los Santos Ejercicios, en lugar separado calle por medio con la Casa de Ejercicios”[12].

  1. Humilde y pobre

Sobre la humildad de Brochero conocemos dos circunstancias de su vida que la ponen particularmente de manifiesto. En el año 1898, en vistas a sus méritos pastorales y a la estatura de su figura sacerdotal, fue nombrado, contra su voluntad, canónigo de la Catedral de Córdoba. Parte con tristeza y bajo obediencia. Al tiempo renuncia para retornar nuevamente a su parroquia serrana. Y al sacarse la muceta (hábito de los canónigos) dijo: “Este apero no es para mí lomo. Ni la mula es para este corral”. A su vez, en 1886, el diario “La Estampa Católica”  lanzó una campaña para promover al Cura Brochero al episcopado de Córdoba. Enseguida que lo supo, envió el siguiente telegrama al director del periódico: “Agradezco voluntad tuya, no felicitación. Es deshonor para Córdoba figura Brochero en la terna. Soy idiota, sin tino, sin virtudes. Influye no aparezca en terna”[13]. Este era el concepto que tenía de sí mismo: idiota, sin capacidad y sin virtud. En este sentido, Brochero aparece siempre sincero y rectísimo. Sufrirá mucho frente a las injusticias contra su persona y sus obras. En algunas ocasiones declara ser víctima de incomprensiones y desconfianzas, pero al momento ofrecerá el generoso perdón.

Otra característica de su vida fue la pobreza, el desapego y la generosidad. Brochero provenía de una familia modesta, sencilla, campesina, sin grandes recursos. Como sacerdote poseyó algunos bienes y  ahorros en efectivo: un rodeo de vacas y cabras, algunos caballos y mulas, algún lote de siembra, donaciones de dinero en agradecimiento, etc. Pero las ganancias las empleaba exclusivamente al servicio de su parroquia: abrir caminos, hacer puentes, construir la iglesia y la casa de ejercicios, fomentar el riego, socorrer a los pobres y necesitados.

La vestimenta  era pobre: sotana, sombrero y poncho. La sotana por momentos muy gastada y con abundantes zurcidos. Y en sus alforjas, un poco de pan, el evangelio,  el breviario, los óleos y los elementos para celebrar la misa; algo de tabaco y papel para fumar; y en tiempos de mucho frío algún poco de caña.

El alma sacerdotal de Brochero, como infatigable vida de servicio, se pone particularmente de manifiesto en la carta que dirigió a su obispo, Reginaldo Toro, el 19 de octubre de 1889, proponiéndole la renuncia a la parroquia del Tránsito en razón de los achaques de salud que ya sufría a consecuencia del incesante trajín pastoral que llevaba, desplazándose largas distancias a lomo de mula con los peligros que conllevaban aquellos fatigosos viajes por serranías y llanos. Estas son sus conmovedoras palabras:

“Ilustrísimo Señor: Yo bien comprendo que la carrera eclesiástica se toma para trabajar en bien de los prójimos hasta el último día de la vida, batallando con los enemigos del alma, como leones que pelean echados cuando parados no pueden hacer la defensa.

Pero el miedo que me ha infundido el caballo, a causa de 115 rodadas que he dado hasta la fecha, como 50 antes de ordenarme, y el deseo que tengo que el Curato adelante más y más en lo moral y material, me ponen en la dura, penosa y triste necesidad de abandonar este curato que tanto estimo, por haber gastado en él la primavera y otoño de mi sacerdocio, como que el 5 del entrante mes se cumplen 20 años.

Ilustrísimo Señor, para mí es muy penoso y doloroso el tener que dejar a unos feligreses tan amorosos, tan progresistas y tan generosos que me han soportado, en primer lugar, 20 años sin quejarse jamás. Que no ha habido, en segundo lugar, obra pública que haya iniciado, aunque éste fuera en departamentos extraños, que no me hayan ayudado con sus intereses y personas. Que han atendido, en tercer lugar, a mis necesidades materiales pagándome pronta y religiosamente los derechos.

Ilustrísimo Señor; si me hace reemplazar con cualquier sacerdote joven, serán prontamente atendidos los enfermos, se harán en breve los templos que se precisan en Panaolma y Ambul y se harán dos cementerios que faltan. Pero al contrario sucederá si yo permanezco a la cabeza del Curato, a causa del temor de que los caballos rueden una vez que estoy sobre ellos. En vista de la razón expuesta, pido a Su Ilustrísima me exonere del cargo de Cura del Tránsito”[14].

El mismo Brochero, ya anciano y enfermo, nueve años antes de morir, sintetiza los alcances de su obra pastoral, siempre bregando por el bien de sus feligreses, en carta al vicepresidente de la República, José Figueroa Alcorta, en agosto de 1905, solicitando los beneficios del ferrocarril a Villa Dolores:

“Aun cuando no soy nadie ni sepa nada, ni pueda expresarme en forma elegante, conozco palmo a palmo el terrero en cuestión, y más que cualquier literato conozco las sierras de Córdoba, pues en ella he pasado los mejores años de mi vida. Allí he levantado templos, escuelas y un colegio dotado del personal docente y demás enseres a la altura del siglo XX. He hecho también sesenta caminos vecinales y un camino carretero de doscientos kilómetros que une Soto con Dolores, luchando en todas estas obras con millones de dificultades que ahora son las que pretendo eliminar con este ramal”[15].

  1. La entrega a los pobres y la suprema pobreza

El cuidado de los pobres y desvalidos fue otra de sus preocupaciones constantes. Hasta los últimos años de su vida mantuvo viva esta exquisita caridad. En 1911, dispensado por razones de salud de la carga pastoral (el avance de la lepra), fue invitado por su hermana Aurora a vivir en su casa, en la misma Villa, en actualidad “Museo Cura Brochero”. Y él le responde:

“Para ir yo a tu casa, necesito dos cosas: que las Esclavas (la religiosas que atendían la Casa de Ejercicios y la Escuela de Niñas) me presten todos los elementos para decir misa en mi pieza; y adquirir unos cuantos pesos o que tú me ayudes con algunos para atender a las necesidades de los pobres que irán a pedirme que los surta”[16].

Este hecho es una prueba evidente del heroísmo de la pobreza de este gran hombre. El padre Domingo Acevedo, su sucesor en la parroquia del Tránsito, al momento de despedir sus restos, hizo el mejor elogio de la pobreza brocheriana:

«Hoy han de llorar su muerte los atribulados y los pobre singularmente, porque en vida pudo decir como Jacob: “era el padre de los pobres”. A él acudían encontrando el pronto alivio de sus necesidades y penas. Es justo que lloréis vosotros los pobres la pérdida de vuestro padre, y que vosotros que habéis visto sus virtudes imitéis su misericordia»[17].

Para él también llegó la hora de la suprema pobreza: la hora del abandono, al punto de poder decir como Jesús: “¿Padre porque me has abandonado?” Brochero poseía un temperamento atlético, extrovertido, dinámico, emprendedor. Siempre había trabajado para los demás. Hombre conocido, estimado, de fama, honrado, cuya influencia se había hecho sentir incluso en las esferas de gobierno, no obstante su rudeza. Pero en los últimos momentos de su vida se siente un hombre abandonado.

Y muere en dolorosa soledad ¿Por qué? No por causa de la maldad y del olvido humano, pues era muy querido por sus fieles y por aquellos a quienes había beneficiado. Si no a raíz de una grave enfermedad que el médico diagnosticó tempranamente como lepra y que contrajo en sus viajes apostólicos por la sierra. Muere víctima del celo por las almas. Cuando el obispo, monseñor Zenón Bustos, le solicitó la renuncia a la parroquia, en razón del avance de su enfermedad, Brochero responde inmediatamente, enviando la renuncia. He aquí un fragmento de la carta:

“En este instante recibo en Ambul, donde estoy cumpliendo alguno de mis deberes, la carta en la que dice: 1° que estoy retrayendo a mis feligreses de la recepción de los sacramentos, con mi verdadera o supuesta enfermedad, según la informaciones que le han llegado; 2° que entregue a [Domingo] Acevedo [vicario cooperador]  el Curato y que siga viviendo en el Tránsito, conservando mi título de cura; 3° finalmente, que proponga a Acevedo que me dé la tercera parte de las entradas de él.

En contesto digo a mi obispo: 1° que le envío la renuncia con esta misma fecha, haciendo un propio desde Ambul, para ganar tiempo; 2° que si es justo que Acevedo me dé la tercera parte de las entradas sería deber del obispo y no mío, hacer tal propuesta; 3° que si continuo en el Tránsito, estaría siempre espantando a mis feligreses con mi enfermedad.

Acabo la presente pidiendo a mi obispo escusa de todo lo desatento e incorrecto que haya en ella, porque la he escrito al correr de la pluma, a fin de no demorar la renuncia”[18].

En esta carta se pueden poner de relieve tres puntos importantes: la renuncia inmediata, dando muestra de sincera obediencia, pues no recurre al correo, envía una persona con la carta de renuncia para ganar tiempo;  escribe rápidamente, tanto que teme ser irrespetuoso o descortés con su obispo, y por esa razón se excusa de ante mano; y en cuanto a los ingresos económicos, cree que no es decoroso que él mismo proponga el arreglo a su vicario, tal propuesta corresponde al obispo más que a él. Reconociendo, a su vez, que su presencia en Villa del Tránsito puede ser un estorbo para los parroquianos del lugar en razón de suscitar reparos, miedos al contagio, psicosis, escándalo.

Desde ese momento la vida de Brochero transcurre en una pobreza extrema. Vive recluido en una habitación que le facilitó su hermana Aurora en su propia casa. Duerme en un catre, sobre una delgada colchoneta. Su hermana cuenta con escasos recursos para socorrerlo. Celebra diariamente la misa votiva de la Santísima Virgen María. Un amigo, Nicolás Castellano, le ofrece una ayuda económica de 131pesos argentinos, y él no se resuelve a aceptarla. Tiene escrúpulos. Consulta a sus familiares, al vicario, a la superiora de las Esclavas, a otras personas. Todos le aconsejan que acepte la donación. Acepta el dinero y celebra una misa por su amigo[19].

  1. El ocaso

A medida que transcurre el tiempo los sufrimientos se intensifican, tanto los físicos como los morales. Respecto a éstos últimos, tiene que aceptar indiferencias, abandonos y cuestionamientos sobre las obras realizadas. Brochero recuerda estas amarguras en carta a una persona de su confianza: “Ciertos amigos íntimos –escribe- me han dado con la espalda, por no decir con las patas”[20].

Paulatinamente pierde la vista, causa de intento sufrimiento para un hombre dinámico, que se desplazaba de un lugar para otro para poder llegar con su presencia ministerial a todos los que reclamaran su presencia. Pero él se encarga de dar las razones de tal prueba: “Yo estoy conforme con lo que Dios ha hecho conmigo relativamente a la vista y le doy muchas gracias por ello. Cuando yo pude servir a la humanidad, me conservó íntegros y robustos mis sentidos y potencias. Hoy que ya no puedo, me ha inutilizado uno de los sentidos del cuerpo”[21]. El Cura Brochero capta ciertamente el significado providencial de la pérdida de la fuerza física en la vejez. Y en ello ve la posibilidad de una unión más íntima con Dios.

No se puede comprender la hondura de esta prueba, la profundidad de este dolor y el heroísmo de su paciencia, si no se tiene en cuenta que era un hombre de contextura robusta, inquieto, que consideraba no poder estar impedido o enfermo en razón de las exigencias del ministerio pastoral. En el siguiente fragmento de una carta enviada a su  amigo Juan Martín Yáñiz, obispo de Santiago del Estero, el 28 de octubre de 1913, podemos percibir magníficamente su estado de ánimo:

“Recordarás que yo solía decir de mismo que iba a ser tan enérgico siempre, como el caballo chesche [caballo de pelaje blanco con manchas coloradas o rosadas] que se murió galopando; pero jamás tuve presente que Dios nuestro Señor es y era quien vivifica y mortifica, y a unos da las energías físicas y morales a otros las quita… Yo estoy ciego casi al remate, apenas distingo la luz del día y no puedo verme mis manos. A más estoy así sin tacto desde los codos hasta la punta de los dedos y desde las rodillas hasta los pies, y así otra persona tiene que vestirme o prenderme la ropa. La Misa la digo de memoria y es aquella de la Virgen cuyo Evangelio es: Extollens quadam mulier de turba”[Una mujer de la multitud exclamó, feliz el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron…]. Para partir la Hostia consagrada y para poner en medio del corporal la hijuela cuadrada, llamo al ayudante para que me indique que la forma la he tomado bien para que se parta por donde la he señalado y que la hijuela cuadrada esté en el centro del corporal para poderlo doblar. Me cuesta mucho hincarme y muchísimo más el levantarme… Ya vez el estado en que ha quedado el chesche, el enérgico y el brioso.

Pero es un grandísimo favor el que me ha hecho Dios nuestro Señor en desocuparme por completo de la vida activa y dejarme con la pasiva, quiero decir, que Dios me da la ocupación de buscar mi fin y de orar por los hombres pasados, por los presentes y por los que han de venir hasta el fin del mundo. No ha hecho así contigo Dios nuestro Señor que te ha cargado con el enorme peso de la mitra hasta que te saque de este mundo, porque te ha considerado más hombre que yo, por no decirte en tu cara que has sido y sos más virtuoso que yo. Me ha movido a escribirte tal cual ésta, porque tres veces he soñado que he estado en funciones religiosas junto contigo, y también porque el 4 del entrante enteramos 47 años a que nos eligió Dios para príncipes de su corte, de lo cual le doy siempre gracias a Dios, y no dejo ni dejaré aquellas cortitas oraciones que he hecho a Dios a fin de que nos veamos juntos en el grupo de los apóstoles en la metrópoli celestial”[22].

El Cura Brochero que con tantos sacrificios e incluso peligro de su salud y de su vida procuró que sus fieles estuvieran unidos a Jesús en la eucaristía, tuvo también la dicha de recibirlo en su última hora. Contaba 74 años de edad. Reconstruyamos el hecho. El 2 de febrero de 1908, al enterarse que padecía lepra y que el mal avanzaría, renunció definitivamente al curato de San Alberto Traslasierra. Se retiró a vivir en una piecita en la casa de su hermana Aurora. Allí leproso, cieguito y pobre, y viviendo de caridad, pasó los últimos seis años de su vida. Entre rezos, desgranando rosarios y convirtiéndose en mártir de la caridad pastoral.

El Señor, en sus inescrutables designios, le agravó la prueba para su mérito y para nuestro ejemplo. La “miasis” (agusanamiento en la nariz) le ocasionó dolores indecibles en el cerebro. Tuvo que guardar cama; y por momentos el médico tuvo que aplicarle dosis de calmantes (morfina) para que pudiera soportar tales sufrimientos. En esas circunstancias lo encontró el padre Pío Angulo, discípulo suyo muy querido, quien había ido al departamento de Minas a realizar el traslado de su finado padre. Compadecido del estado de Brochero se quedó en El Tránsito unos días para acompañarlo, como buen hijo y hermano en el sacerdocio, hasta el último día. Encargándose de ir hasta Mina Clavero y traer al practicante Teófilo Meana, quien le aplicó unas inyecciones de alivio. Y como testigo ocular escribe:

“Que calmado el Señor Brochero de aquellos dolores agudísimos de cerebro, y clareado en su mente, rogó lo confesara y preparara para su cercana muerte. Ya dispuesto, recibió el santo Viático, estando sentado en la cama, de sotana y con las manos juntas al pecho. Sus súplicas a Jesucristo enternecían. Y me quedó grabado en mi espíritu aquella fe viva y tierna del Señor Brochero que, cegado en sus ojos de carne y teniendo en sus manos el Santo Cristo, parecía contemplarlo”.

Y al decirle el padre Angulo, ¿si se sentía aliviado en su corazón? Dio expansión a los afectos de su espíritu y repetía con gozo inusitado: “Ahora puestos los aperos, estoy ya listo para el viaje. Lo restante queda en la misericordia de Jesucristo. Sé que el demonio me tenía escrito unos recibos de deudas. Pero con esto Jesucristo le ha roto los papeles y nadie cobra de palabra”[23].

Luego pasaron tres días. Fue comulgando y rezando rosarios. Hasta que el 26 de enero de 1914 entregó su alma al Señor. Y aquel celoso y buen pastor de Traslasierra conservó inquebrantable la fe en Jesucristo y en su presencia eucarística hasta el último momento, con la misma solidez de las serranías de su curato.

Sus restos fueron sepultados en la capilla de la Casa de Ejercicios, lugar predilecto de su alma sacerdotal. En 1969  fueron exhumados para efectuar  reconocimiento médico del cadáver en orden a iniciar el proceso de beatificación. Por muchos años los restos permanecieron en el mismo lugar, cual preciosas reliquias,  depositado en una urna. Y a principios de agosto de 1994, en el marco de la primera Jornada Nacional de Sacerdotes,  fueron trasladados a la Iglesia Parroquial, contigua a la Casa de Ejercicios, donde reciben la veneración de los fieles y de todos los que admiran su extraordinaria obra pastoral.

  1. Fragmento de su testamento

“Lego mi cuerpo a la tierra, de que fue formado, y mi alma a nuestro Señor Jesucristo, que la redimió con su preciosísima Sangre. Así lo declaro para que conste.

Que mi cuerpo, una vez convertido en cadáver, sea amortajado con lienzo, y que sea vestido de sacerdote con el alba que me hizo mi hermana Aurora, para que cantara la primera Misa, y con el ornamento que tengo en mi altar portátil. Así lo declaro para que conste.

Que mis albaceas me hagan hacer, con algún carpintero de esta Villa, un cajón sencillo, para que algo gane con esa obra, y colocado en él mi cadáver sea enterrado en el suelo en cualquier punto de la calle principal de la entrada al cementerio actual. Así lo declaro para que conste.

Que al día siguiente de mi muerte me hagan hacer con el Cura un entierro mayor cantado con vigilia y Misa también cantada, y que den al cura ciento cincuenta peses por esos sufragios… Y que inviten al pueblo para que asista a los sufragios expresados, a fin de que pida a Dios misericordia por mi alma”[24].

*         *          *

CARTAS DEL PADRE BARTOLOMÉ AYROLO[25]

  1. VILLA DEL TRÁNSITO, Enero 21 de 1897.

Mi querido Cura y amigo:

Supongo que habrás recibido la cartita que te escribí de Cruz del Eje y mis dos telegramas. Esto supuesto, debo empezar por hacer constar mi agradecimiento al Señor por el feliz viaje que, gracias a la intercesión de la S. Virgen y del Patriarca San José solicitada por las oraciones de muchas almas buenas, he tenido en compañía del buen Juan Viacava.

Pensaba decirte algo sobre las ciudades de Rosario y Córdoba; pero baste decir que vienen a ser como un barrio de la ciudad de Buenos Aires; y, además, después de haber visto la gran ciudad de la naturaleza levantada por la mano de Dios en medio de estos campos, toda obra de los hombres parece pequeña y despreciable.

Te hablaba en primera carta del pintoresco trayecto desde Alta Córdoba a Cruz del Eje: figúrate una enorme serpiente que va describiendo caprichosas y atrevidas curvas, ya en sentido vertical, ya horizontal, en medio de dos paredones de granitos que se levantan como indicando el poder del que está arriba: ese el tren … al borde del abismo que le abre el río, en medio de dos cadenas de sierras bastante elevadas, va como rabiando por vencer las dificultades de las subidas, arrojando sin cesar bocanadas de humo y al lograr ganar una cuesta, orgulloso con su triunfo mueve con ligereza su músculos acerados, gana el valle para empezar de nuevo la fatiga de la subida, al contemplar ese espectáculo imponente, esos diques en el río, esas moles a los costados, esas piedras elevadas en el cauce del primero, esos árboles vegetando en las cumbres de las segundas no puede menos que exclamar: “Solo Dios es grande ¿qué valen las obras de los hombres?”. Pero vayan mis apuntes tomados de mi libreta de viaje. Dicen así:

Día 9.‒ Tomamos el tren para Cruz del Eje y viajamos felizmente en compañía del Ilmo. Sr. Obispo Reginaldo Toro, que nos trató con suma amabilidad, de la familia de Zaldarriaga, pariente de la de Quilmas y del Sr. Saturnino Allende; llegamos a Cruz del Eje a las 8 ½ p.m. y nos alojamos en la casa del Señor cura que nos trató con suma benevolencia.

Día 10. ‒ Misa a las 8 en Cruz del Eje. Partimos para Soto en tren carreta a las 11 y ¾ de la noche.

Día 11. ‒ Llegamos a Soto a la 1.15 de la mañana y en la estación encontramos al célebre Cura de las Sierras D. Gabriel Brochero. El cura de Soto no estaba y nos alojamos en la casa de huéspedes, a las 8 de la mañana dijimos misa y nos encontramos sin galera, sin coche y con bastante desconsuelo; pero San José que hasta ese momento no nos había faltado, tampoco nos faltó entonces: recibimos un mensaje de Brochero en estos términos “no hay galera ni coche: les proporcionaré caballos: si quieren ir a caballo, bien y sino se queden”. La cosa era seria pero aceptamos y a las 3.30 p.m. salíamos de Soto los tres reyes magos, es decir, un peón con las valijas, Viacava y yo. El sol picaba y nosotros le dábamos galope, a pesar de que el médico me había prohibido galopar ya puedes figurarte con que cuidado iría yo, y como devoraría las píldoras de ergotina [medicación para invertir la hipertensión y así  prevenir hemorragias y vómitos de sangre]. Eran las 4.30 y yo no había tomado mate amargo con la mayor voluntad del mundo, resultó que la vieja cordobesa era parienta del Sr. Arzobispo.

Alentado con el matecito seguimos nuestro camino, y yo que creía caminar por entre desiertos y terragales [trayecto lleno de terrones o cascotes], me encontré de pronto en callejones llenos de árboles, en cerritos llenos de vegetación, habiéndonos una sombra y fresco delicioso; allí fue donde empecé a dar gracias a Dios de no haber encontrado carruaje, bajadas y subidas en la piedra viva capaces de hacer saltar los bofes a cualquiera y que con el caballo se salvaban con toda felicidad, camino verdaderamente asombroso para estas alturas que le hace a uno olvidar que se halla en medio de las pampas cordobesas, camino abierto por la mano y el sudor del infatigable Cura de las Sierras el incomparable Gabriel Brochero, él con su gauchaje, trabajando al frente de ellos, ha podido abrir en medio de lo inaccesible al parecer un camino de 28 leguas, donde pueden pasar coches y caballos, camino que no se encontrará en la provincia de Buenos Aires ni cerca de las grandes capitales con su cerco de ramas de quebracho a cada lado…. pero basta que ésta no está en mi libreta.

Llegamos a una villa llamada La Higuera a las 8 p.m., hay que bajar una cuesta deliciosa que hace recordar a los Belenes que se suelen hacer en algunas Iglesias, a su pie corre un riachuelo, allí paramos y cenamos del repertorio que nos había proporcionado una buena doña Rosa, en la ciudad de Córdoba. A la luz de la pálida luna, reflejada en los cristales del riacho; comimos nuestra gallinita y demás, sin que me acuerde haber comido ni bebido cosas más ricas en toda mi vida, hasta café con leche tomamos… sin tener leche (propón la charada en La Lectura), y que rico y “calientito” estaba, pues la viejita nos dio un calentador. A las 9 p.m., aprovechando la luna, seguimos viaje, siempre por el mismo camino lleno de encantos, mis pulmones se ensanchaban pero…, nuestro guía nos había dicho que San Carlos estaba “ayasito, ahhí en el bajo” y “este ayasito” y este “bajo” nunca llegaba…; al fin lo encontramos a las 11.30 p.m. al ponerse la luna… Nos llegamos a lo que fue un tiempo casa del cura y tun tun… nada… los ranchos del rededor desiertos… puertas abiertas… ruinas… ¿qué hacer en la oscuridad?…

Nos bajamos al lado de un rancho en ruinas, examinamos el terreno y sobre el recado con el cielo por techo y el vientito de la noche por abanico: nos tendimos a descansar… Mi compañero se me durmió mientras yo le preguntaba si estaba cómodo y yo me quedé despierto como para recibir todas las impresiones de la primera noche pasada al aire libre.

Con el temor de un resfrío, con el recelo de las sabandijas, el sueño huyó por completo: un burro fue el primero que nos dio la bienvenida, pasó a todo escape por donde estábamos nosotros diciéndonos “buenas noches” a su manera, “uuuoo… ao… ao… ao”… Sumamente agradecido quedé yo y deseando que nos siguieran las demostraciones de afecto de parte de los pacíficos moradores de San Carlos… pero nada, se habían empeñado en obsequiarnos, al saludo de bienvenida, siguió lo que supongo sería una poesía; exclamada por una lechuza revoloteando encima de nosotros, creyéndonos sin duda víboras o lagartijas… nuestros caballos, más entendidos que nosotros en esta clase de academias empezaron a  relinchar… entre tanto: Viacava dormía, el peón roncaba y yo velaba, los ronquidos del peón fueron el entre acto después hubo pausa, me disponía a dormir porque para población tan chica, bastante era lo que habían hecho.

Pero hete aquí, que cuando empezaban mis ojos a dormitar sale a escena una comedia o drama, no se cierto lo que era, lo más probable es que fueran protestas, pues estábamos acampados juntos a una vizcachera… “viyitticum cum cum… viyiticum cum cum”… carreras por aquí, carreras por allá… “viyiticum” por aquí, “cum cum cum” por el otro lado, era la cosa más divertida para los… que dormían, que para mí… no hubiera deseado otra cosa que un fusil para arrojarles flores…

Esto duró hasta las 3 de la mañana, a esa hora empezó el órgano: uno de los árboles que teníamos cerca contenía un gran nido de mangangaes o abejones, al empezar a clarear empezaron a despertarse y a zumbar… naturalmente con tan buena música era indispensable el canto y salió un coro compuesto de Tamagno (el burro) [famoso tenor italiano], de la Patti [soprano italiana] (cabras, vacas, ovejas, lechuzas, etc., etc.).

Estaba esto tan lindo que a las 4 ½ salté del recado, desperté a mis camaradas y después de haber tomado unos racimos de uvas que habíamos traído de Soto emprendimos viaje agradeciendo a San Carlos su hospedaje.

Día 12. ‒  A las 5 seguimos viaje para Salsacate a cinco leguas , pasando por parajes deliciosos, montes de espinillo, quebrachos, sauces, álamos y mil yerbas aromáticas refrescaban el ambiente durante el camino, ríos clarísimos se encontraban a cada paso, mil variados pájaros, loros, cotorras, jilgueros, picaflores, torcaces, carpinteros nos daban música algo más agradable que la de la noche anterior, algunos atrevidos, entre las ramas, cantaban con inocencia imitando perfectísimamente el bicho feo, yo decía para mis adentros: aunque fueras hombre te perdonaría porque… tienes razón… ¡Claro! Verme a mí, sotana arremangada, pañuelito al cuello, chambergo, cara de sueño, no era para otra cosa.

Como a las 6 me atraqué a un rancho a pedir leche y por primera vez en la vida me tomé dos jarros de leche de oveja, resultando espléndida… Es cosa graciosa y que alegra muchísimo durante el camino ver tropas de cabras, majadas; rancherías al lado de los ríos, manadas de burro, etc. etc.

El sol comenzaba a calentarse y los árboles se acababan y comenzaba una pompa desagradable. A una legua de Salsacate, a la orilla de un río pedimos albergue en un ranchito, descansamos un rato y tomamos mate, mientras la dueña nos lo daba nos hacía varias preguntas: “Díganos Pagre. Ustedes han venido por mar o a máquina”, a máquina, señora, “Aha! Y el mar pa onde quedaba”, al otro lado de Buenos Aires… “Ah! Yo creía que quedaba pa este lao…”; “y la máquina camina más ligero que el cabayo” Sí señora…,etc.

El carácter de toda esta gente, es sumamente hospitalario y da gusto tratar con ella por la sencillez y bondad que revelan: en todas partes preguntábamos si estaban casados, si se confesaban, si conocían a Brochero… “Oh, y como no, mi Padre” nos contestaban, “si ese en un Padresito muy bueno”.

A las 9 ¾ llegamos a Salsacate y paramos en casa de D. Miguel Carabajal, amigo de Viacaba, allí tomamos leche, cerveza y descansamos hasta las 11. De allí salimos para Villa Viso a una legua y media, llegamos a las 12 p.m., paramos en la posta de la mensajería, almorzamos y echamos la siesta, en una cosa que supongo que sería cama porque tenía cuatro patas, almohadas, sábanas, etc., por lo demás no cambiaba el recado, duras como la cabeza de un aragonés…

A las 3.30 seguimos viaje con intención de llegar Panaolma, distante 8 leguas. Tomamos un baquiano para andar más ligero y desviándonos del camino Brochero empezamos a acortar campo entre palmeras y cerros escarpados, ríos, arenales, valles, alambrados, campos, etc. Llegamos a Ambul, pasamos por Santa Rosa, tomando agua en cuanto río encontrábamos al paso, en esa tarde no hubo mate, porque la cosa iba de apuro…Llegamos a Panaolma a las 8.30 de la noche completamente molidos y cansados, con un sueño soberano; allí nos alojamos en una gran casa de un señor Erasmo Recalde y de doña Zoraida (no sé como conocidos de Viacaba), ¡Qué alegría al ver casa y gente, mesa y cama para compensar la noche al aire libre…Nos obsequiaron a las mil maravillas y descansamos como príncipes hasta el otro día a las 7. Una sirvienta que se llamaba Esplendor nos sirvió el desayuno.

Día 13. ‒ A las 8.30 nos pusimos en viaje para el Tránsito distante 3 leguas, camino, también obra de Brochero, muy quebrado y pintoresco con hondonadas y valles preciosos surcados por arroyitos y llenos de vegetación… Al llegar a la cuesta, que llaman de San Lorenzo, la vista medio se pierde al contemplar el valle que a su pie empieza, y desde esa cuesta bendita divisamos finalmente el Tránsito, término de nuestro viaje, latieron los corazones con violencia y un himno de agradecimiento a Dios, a la Virgen y a San José se levantó de ellos… Desde esa altura se contemplan los cercos, las alamedas, las plantaciones como curiosos dibujos hechos por artística mano, como si fueran simples líneas trazadas en la superficie del terreno…; y allá en medio de todo un gran edificio, colosal para estos parajes, con dos torrecitas…, es el gran colegio de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, construido con los sudores y celo del infatigable cura Brochero… Bajamos la cuesta a paso de tortuga y a las 10.30 a.m. bajábamos en el colegio, siendo recibidos con la caridad que puede suponerse por las Hermanas… Después pasamos a ver a los PP. Arrache y Lourtet y dos estudiantes jesuitas, ¡con que alegría nos recibieron! Respecto a los pueblos que he nombrado, se componen en general de una linda capilla y unos cuantos ranchos; el Tránsito es más decente; al costado Este del Tránsito pasa el río de este nombre que se junta al Sud con el de Mina Clavero, a la orilla de este está la población de este nombre. Para la semana que viene te daré datos sobre todo esto, de la gente, cura, edificios, etc.

Yo de mis pulmones creo estar completamente sano, pues una de las cosas que me prohibió el médico fue el galopar; he galopado raja cincha y no he sentido novedad: el aire del camino me ha sanado. Del estómago no estoy tan bien como en esos días pasados de descanso que estuve allí. Aquí pasamos la vida en el descanso más completo, atendidos en un todo por las Esclavas. El cura Brochero nos llena de cumplidos.

El martes recibí los diarios que me mandaste, di la preferencia a La Lectura y me devoré los Ecos Revueltos de mi amigo Candelario, porque ansío tener noticias de ese pueblo, dale recuerdos al pobre viejo alemán. El martes a la noche se nos apareció Delheye con un seminarista salteño: le hicimos un recibimiento espléndido.

Mil recuerdos a toda la buena gente de por allí, al Sr. Parilla mis respetos, a Pasarella salud y que escriba. Tuyo. Ayrolo

  1. VILLA DEL TRÁNSITO, Enero 28 de 1897.

Mi querido Cura y amigo:

Tengo en mi poder los dos números de La Voz [de la Iglesia]que me has mandado agradeciéndotelos infinito, pero no puedo dejar de lamentar el que no haya llegado también La Lectura, cuyas noticias mucho me interesan para saber algo de lo que pasa en ese querido pueblo: supongo que vendrán en otro correo.

A esta hora habrás recibido mi correspondencia y te habrás enterado de todo, y creo habrás recibido también mi último telegrama contestando a uno tuyo en que te quejabas por no tener noticias mías.

Como te decía en mi última, mis pulmones parecen estar fuera de peligro, siento algún dolorcito en la espalda, un poco de opresión al pecho, que irán desapareciendo a medida que me vaya fortificando: esto último no ha podido suceder hasta el presente a causa de ser mas las salidas que las entradas, debido sin duda a las frutas y a las aguas, ahora me he puesto a régimen serio y espero que esto desaparecerá, no dejes de mandarme los cachet que son para componer el vientre.

¿Qué te podré decir sobre este pueblo? Lo más notable, o lo único notable, es el gran colegio y casa de Ejercicios de las Esclavas del Corazón de Jesús, fundado y construido por el cura Brochero: es una manzana completa de edificio por el estilo del colegio del Salvador, de un solo piso, con su capillita pública de tres naves.

El colegio tiene capacidad como para 100 niñas internas y todas las niñas del departamento externas; tiene su jardincitos, patios, etc.; comunicando con el colegio y formando parte del mismo edificio esta la Casa de Ejercicios con capacidad para mil personas, contando con los corredores.

Tiene gran número de piezas, alojándose en cada pieza varias personas: suelen haber datas de ejercicios de 800 y mil hombres; de mujeres nada se diga; y se deja ver la saludable influencia que ejerce esta santa práctica en las costumbres y educación cristiana de estas gentes, pues aquí no se oye hablar de robos ni de muertes, conservándose la moral y pureza de costumbres a una altura muy superior; nosotros hemos podido palpar la delicadeza con que proceden en las ventas, devolviendo hasta el último centavo si por equivocación se les da de más; y no se crea que esta gente este en completa ignorancia, casi todos saben leer.

Todos los días estamos confesando gente hombres y mujeres; y es un encanto el ver con que facilidad y claridad lo hacen; las misas en los días de trabajo son bastante concurridas y los días de fiesta no basta la capilla, y la calle se llena de hombres, que de cuatro o cinco en fondo frente a la puerta oyen la misa con un recogimiento edificante. ¡Que ejemplo este para los copetudos descorteces que van allí a conversar y a perturbar a esa buena gente, despreciando sus creencias y mostrando ser lo que son, animales de dos patas!

Fuera del colegio nada hay notable, unos 100 o más casas ranchos, pocas de material, casi todas con aspecto bastan mísero.

El pueblo esta situado en un valle, rodeado de cerritos llenos de espinillo y algarrobo, al lado Este se divisa la cadena de sierras que se extienden hacia el Sud, elevándose a medida que se adelantan para este lado.

Al costado Este pasa el río de Panaholma, manso en su generalidad, pero impetuoso cuando llueve, y que va a unirse al Sud con el de Mina Clavero. Éste es mas pacifico y no crece tan a menudo, corre largos trechos entre la piedra viva, se ven, impidiendo su cauce, montones de piedras que la acción de los siglos y de las corrientes ha ido arrojando allí de los vecinos cerros, sus aguas tienen un tinte anaranjado que se atribuye a una pequeña cantidad de hierro que contienen.

He podido ver tres crecientes de estos dos ríos en su confluencia, en el punto denominado los cajones, por ser sumamente estrecho y de pura piedra, ¡cosa soberbia e imponente! Por las sinuosidades del curso las aguas se estrellan contra las paredes, salen bramando para dar contra una peña que se levanta desde el fondo y de allí se levantan como si estuvieran en la mas furiosa ebullición; el ruido del trueno puede dar idea del ruido producido en ese punto por las aguas alborotadas; pero tú que has visto las tormentas de alta mar te estarás riendo de mi, sin embargo yo no pretendo decir cosas nuevas, sino solamente apuntar el hecho lo que pasa aquí.

El sábado pasado comencé los baños con buen éxito, ahora ha refrescado mucho y los suspenderé por dos o tres días. Ayer llegaron Frías y Barbarrosa, este como un tonel y aquél como una espina.

Yo voy a hacer lo posible para estar allí a fines de Febrero, Viacaba se irá el 15, según parece; a ver si me vienes a buscar. Escríbeme, o hazlo escribir a Pessarella, como les va por allí, si todavía esta el P. Parrilla, etc., como sigue el Círculo, como les ha ido de conciertos, veladas, bazares, etc., etc.

Saludarás con todo afecto a tu mamá y a María Luisa, que supongo habrán recibido mi tarjetita; a doña Luz, que llevo una embuchada para contarle, a Antonio, María Cormenata; los muchachos, a Cáneva, a Pessarella, que no ha sido capaz de escribir; a las Hermanas [de Ntra. Sra. de la Merced del Divino Maestro], a Barrera, Rufino, Marcenaro, Goñi, Bracco, Massa, Cabrera, Makay, Montes de Oca, Cipriano, que todavía espero sus diarios y correspondencia; y a toda la buena gente de por allí, que a todos los tengo muy presentes y deseo los saludes cuando tengas ocasión de darle noticias de mi salud. Y tú cuenta siempre con el aprecio y adhesión de tu affmo. amigo y Teniente. Bartolomé Ayrolo

  1. VILLA DEL TRÁNSITO, Febrero 3 de 1897.

Mi querido Cura y amigo:

Ayer he recibido dos Lecturas, por las que veo que mi amigo viejo D. Candelario trabaja de lo lindo, pues los Ecos revueltos están muy interesantes, y veo también que en Quilmes no se vive más que de conciertos y veladas. Los felicito. Viacava es el portador de esta; el te dará noticias más detalladas. Yo, gracias a Dios me voy sintiendo mejor y espero estar pronto restablecido.

Después de la correspondencia que te he mandado, mala y poco importante, debido a poco gusto con que la hacía por no estar también como yo deseaba, te diré algo de lo más notable que hay en este departamento: es el cura José Gabriel Brochero. Hombre de baja estatura, de unos 57 años, frente algo deprimida, boca y orejas bastante notables, nariz gruesa, ojos medio turbios y tiernos, color tostado…creo que es una de los obras que se les escapó al Creador sin darle la segunda mano, pero que por lo mismo lo tomó el Redentor para hacer de él un apóstol, único sin duda ninguna en toda la republica por su celo, por su carácter, su modo de ser, su virtud, por los extraños modos de evangelizar.

Bajo la corteza más grotesca con que se pudiera pintar a un sacerdote, ya sea en su traje, ya en su modo de hablar, encierra Brochero un corazón más grande que todo el departamento de que es digno cura. De carácter alegre y comunicativo, franco como un niño, esta siempre dispuesto a servir a todo el mundo, tanto al rico como al pobre, al bueno como al malo: su mano siempre esta abierta cuando se trata de socorrer alguna necesidad.

En esta temporada de verano él es el hombre que ha provisto de casa a muchas familias que han venido a veranear; su casita sirve de domicilio a dos familias, [de Ramón J.] Cárcano y [de Ceferino] Ferreyra; él se ha reducido a un pobre cuarto donde tiene un rustico catre, sin sillas ni ajuar: Brochero es pobre pudiendo ser el más rico.

Reinando en su curato la ignorancia, indiferencia, borrachera y robo, lleno de celo emprendió la obra de evangelizarlo por medio de los ejercicios espirituales y no teniendo en su curato como darlos, se propuso llevar a la ciudad de Córdoba a sus feligreses para que allí pudiesen recibirlos. Pero ¿Cómo arrastrar a esta clase de gente que no conocía ni de que se trataba? ¿Cómo conducir un número de hombres y de señoras a 30 leguas [aproximadamente 130 kilómetros]  por entre caminos asperísimos? Muy sencillamente. Dejémoslo contar a él:

«Preguntaba yo cual era el hombre mas condenau, mas borracho y ladrón de la comarca, en seguida le escribía una cartita diciéndole que pensaba pasar dos días en su casa, decir misa, predicar y confesar, y que por tanto avisase a sus amigos. Que pucha [interjección de asombro o indignación], yo sabía que de esa manera esa gente me iba a escuchar porque si iba a una casa buena esos pícaros [astutos, taimados, de mal vivir] no se iban a acercar, ahí no más les decía que me había costiau para hacerles bien y que quería enseñarles el modo de salvarse y que todos estaba condenaus y que bien podían ver ellos que yo no tenía ningún interés, porque ¿qué podía importárseme a mí que se los llevasen todos los diablo sino fuera por Jesucristo? Y aquí sacaba el Santo Cristo, ahijuna y ya se me echaban a llorar, que yo no sé como Dios me ponía esas cosas en el pico.

Yo les decía: bueno este sermón no vale nada; mañana va a ser lo bueno; avisen a todas sus relaciones. Ahí no más empezaba a confesar. Un día que di la comunión a mucha de esa gente se me acerca una mujer y me dice: “Padre, fulano hace una hora que ha comulgau y ya esta mamau como una cabra…”. Ahijuna, dije yo… busque al gaucho y le dije: pero hombre ¿cómo ha sido eso? “Ah Padre, me contestó, hacia veinte años que no comulgaba y de puro gusto me he mamau”».

Resultado de estas excursiones, no solo en su departamento sino por La Rioja y San Luis, más de sesenta leguas a la redonda, hubo veces de llevar setecientas personas a los ejercicios, proporcionándoles el caballo y dinero y respondiendo por todo para la gente pobre.

Un día que parecía estar su excursión algo desanimada, él mismo en su poncho se puso a juntar leña de vaca para hacerles la comida y les dijo: “Hijos de pucha [interjección de asombro o indignación]: al fin y al cabo soy sacerdote y me habéis visto juntando bosta para hacer fuego por vosotros que sois unos condenaus: así que creo podrán ustedes hacer algo por su propio bien”.

Todas esas gentes volvían de Córdoba llenas de alegría y completamente transformadas: a la llegada a la parroquia hacia preparar arcos de triunfo, les tiraba cohetes, etc.; y venían a recibirlos los de su familia que quedaban entusiasmados deseando ir ellos a ejercicios.

Habla Brochero: «Que diablo, yo no quería, pero con tantas instancias, me resolví: me dirigí al hombre más bruto del pago, y me dijo: “yo soy enemigo de Curas pero a Ud. lo voy a ayudar”; y ya hice el primer cuadro y me sobraba plata, hice el segundo y me sobraba plata, compre toda la manzana de terreno y dos casas que había en la esquina y me sobraba plata, todos me daban y al fin se hizo todo esto que Uds. ven. Yo arrimaba el hombro a la par de ellos y así casi sin cooperación del gobierno se ha hecho esta casa».

Esta es la gran obra de Brochero, como te decía en mi última carta: ayer hemos celebrado el 17 aniversario de la fundación de esta Casa de Ejercicios y Colegio al frente del cual están las beneméritas Hermanas Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. Fue un día de alegría: hubo misa solemne de tres padres cantada por las Hermanas; después comimos con el cura y el síndico de las Hermanas, Sr. Osvaldo Vélez. La comida estuvo animadísima, durante la cual nos contó varios cuentos que hacían reír y llorar al mismo tiempo, de sus excursiones y trabajos; hubo varios brindis. Uno de Brochero así: “Brindo y tomo este trago de vino por el 17 aniversario de la fundación de esta Casa para que siga dando los frutos que hasta ahora ha dado, por las Esclavas del Corazón de Jesús y por las 3.000 niñas que se han educado en este Colegio desde su fundación”.

Brochero aquí es el hombre de la situación, el alma de estas sierras: tan pronto se le ve en un confesionario, como montado de poncho y chambergo en su mula llevando un queso a un amigo, o visitando enfermos a leguas y leguas, o cuarteando algún coche encajado, desvelándose por todos como un padre de numerosa familia.

Tuve el gusto de oírle dos sermones, uno el domingo y otro el día 2: “Bueno, vamos a ver, se que han venido de todas partes estos clérigos por los primeros, para oír los disparates que yo predico”. Explicó el Evangelio de los talentos que dijo era paralelo al del día que hablaba de la tempestad apaciguada por Jesucristo en el mar. “Explico este evangelio por ser más sencillo, el otro no lo entendería el oriental y tal vez alguno de estos clérigos se daría por aludido”.

Expuso la parábola de los talentos y dijo: “Bueno, vamos a ver: a nosotros también nos ha dau Dios talentos: a esa señora le había dau como mil, a esa señorita dos mil, a estos clérigos, ¡oh! quien sabe diez millones por lo menos: los sacramentos, los ayunos, los sermones;  y ¿qué hemos negociau con todo esto? Habrá muchos de esos hombres (Cárcano, Ferreyra y demás bañistas) que están en la puerta que no se habrán confesau quien sabe desde cuando, de ayuno no digamos… Ya veo que ponen la cara seria, ¿quién sabe si sabrán lo que es cuaresma? Y estos clérigos que doblan el pescuezo [cuello] cuando se les habla de confesar enfermos no sé como se las arreglaran con Dios.

Pues,  bueno el evangelio dice que hay que doblar el capital y sino no se puede ir al cielo. Ya ven Uds. que el que recibió un talento no lo gastó en chupandas [borracheras], ni en juegos, ni en orgías, lo enterró; así nosotros aunque no robemos, ni chupemos, sino doblamos el capital de los dones que hemos recibido de Dios nos iremos al infierno, ¡que caray! [caramba]. Esto ha de venir pronto, yo ya tengo 57, y esa otra señora no sé cuántos tendrá, y esa señorita de gorra ahí sentada también y pronto le llegara la muerte; y Dios nos pedirá cuentas y entonces… ¡ahijuna…! Si yo me pongo hacer aquí un examen de vosotros no sé cómo saldríais, si yo os tomara el examen después de este sermón no encontraría más que risas, y con esto no se va al cielo.

Estas son las macanas [chanzas, bromas, de poca importancia] que yo digo y predico así para que me entiendan todos. Señor, vos que vinisteis a salvar almas no de algunos sino de todos: dad celo a estos clérigos para que no doblen el pescuezo cuando se trate de trabajar, y a toda esta gente tu ayuda para que pueda doblar el capital…etc”.

En el sermón del día dos, dijo: “que así como a veces comprábamos una libra de yerba de fiau y le prometíamos pagar después al almacenero, en vista de esta paga fiaba; así Dios nos había estau perdonando de fiau nuestros pecados hasta la vida de Jesucristo en vista de los meritos de éste”.

No puedo concluir esta sin decir algo de las beneméritas Esclavas del Corazón de Jesús. En estos destierros están dedicadas por completo a la enseñanza de esta pobre gente, recibiendo en su colegio alumnas hasta veinte años; las pobres suelen pasar sin misa ni sacramentos meses y meses, porque el cura tiene que andar por varios puntos de su parroquia sin parar un momento y ellas no pueden conseguir capellán. ¡Cuántas veces habrán pasado hambre! ¡Cuántas veces habrán tiritado de frío! Son Esclavas del Corazón de Jesús y de sus niñas.

Voy haciendo mis excursiones por los alrededores, ya he tenido que salir a caballo por los cerros a confesar una enferma. La semana que viene pienso ir a San Javier.

Sin más por hoy, darás mis más expresivos recuerdos a tu mamá y hermana; a Parrilla, Cáneva, Passarella, don Luis; y a los muchachos, Antonio y María, y a todos los amigos y conocidos; y tú cuenta siempre con tu Teniente y amigo. Bartolomé Ayrolo.

Juan Guillermo Durán

                                                                              Facultad de Teología de la UCA

                                                                               24-08-2016

 

BIBLIOGRAFÍA CITADA

 

ACEVEDO, DOMINGO, El Cura Brochero. Córdoba 1928.

AZNAR, ANTONIO, El Cura Brochero en su apostolado sacerdotal. Buenos Aires 1950.

 

EFRAÍN BISCHOFF, El Cura Brochero. Buenos Aires 1953 (varias reediciones).

 

DANTE, GIULIO, Vita del Servo di Dio Giuseppe Gabriele Brochero. Informatio: an eius Causa Beatificationis et Canonizationis. Roma, 1982.

 

DE DENARO, LILIANA, La faceta periodística del Cura Brochero. Córdoba, 2012.

 

HEREDIA, CARLOS ‒ LILIANA DE DENARO, Imágenes de una misión pastoral. Fotografías y textos del Cura Brochero. Córdoba 2002.

 

‒              ‒             ,  El Cura Brochero. Cartas y sermones, Conferencia Episcopal Argetina, Buenos Aires 1999.

 

Iudicium prioris Theologi Censoris super scriptis Servo Dei Iosepho Gabrieli Brochero tributis. Roma 1976.

 

PARAVANO, PABLO, Breve relación de la vida y obras de Brochero. Córdoba 1972.

 

 

 

 

[1] Al respecto se han publicado varias obras. Véase al final del artículo la bibliografía correspondiente. Para trazar la mencionada semblanza nos hemos servido de las informaciones que brinda su correspondencia y sus principales biógrafos: Domingo Acevedo, Antonio Aznar, Efraín Bischoff y Pablo Paravano.

 

[2]   El Cura Brochero. Cartas y sermones, Buenos Aires 1999, 714-724.

[3] Ibíd, 103.

[4] Ibíd, 104.

[5] Iudicium prioris Theologi Censoris super scriptis Servo Dei Iosepho Gabrieli Brochero tributis, Roma 1976, 3-7; PABLO PARAVANO, Breve relación de la vida y obras de Brochero, Córdoba 1972, 24-27.

[6] El Cura Brochero en su apostolado sacerdotal,  Buenos Aires 1950, 54-65.

[7] Breve relación, 15-16.

[8] Informatio Super Dubio Beatificacionis et Canonizationis Servi Dei…, Roma 1974, 143.

[9] EFRAÍN U. BISCHOFF, El Cura Brochero. Un obrero de Dios, Córdoba 1953, 95.

[10] El Cura Brochero. Cartas y sermones, 239.

[11] Ibíd, 714.

[12] DOMINGO J. ACEVEDO, El Cura Brochero. 50 años después de su obra en San Alberto, Córdoba 1928,  74, 79-80.

[13] E. J. BISCHOFF, 154.

[14] El Cura Brochero. Cartas y Sermones, 253-254.

[15] Ibíd, 541.

[16] Ibíd, 731.

[17] D. J. ACEVEDO, 404.

[18] El Cura Brochero. Cartas y Sermones, 671-672.

[19] A. AZNAR, 196.

[20] El Cura Brochero. Cartas y Sermones, 681.

[21] Iudicium prioris Theologi Censoris, 10.

[22] El Cura Brochero. Cartas y Sermones, 801-802.

[23] A. AZNAR, 198.

[24] El Cura Brochero. Cartas y Sermones, 715.

[25] Publicas en La Lectura. Periódico Semanal Religioso. Quilmes (Bs. As.). N° 68,  70, 71, y 72. Cartas dirigidas al Párroco de Quilmes, Antonio Domingo Rossi.

 

Fecha marzo - 18 - 2017