Queridos hermanos:
Estamos celebrando la Eucaristía, la gran acción de gracias al Padre por la entrega sacrificial del Hijo que ocupa nuestro lugar y paga nuestras culpas, permitiéndonos participar del banquete festivo de su amor, que nos une en un solo cuerpo.

Corpus Christi es el gran misterio de la presencia real del Señor resucitado escondido bajo las especies de pan y vino. Es una fiesta de adoración, ya que nos inclinamos ante nuestro Dios vivo y presente, reconociendo nuestra nada; de agradecimiento, porque nos ha salvado y se ha quedado entre nosotros como alimento; de testimonio de alegría pascual, ya que recibimos al Cristo vivo y Resucitado, anticipo de la Vida Eterna y, también, de reparación, por todas las veces que faltamos el respeto a Jesús Sacramentado. En nuestro Ideario arquidiocesano nos proponemos y nos comprometemos, con la ayuda de Dios, a responder al llamado del Señor a la unidad, a la comunión y para eso decimos: “hay que poner en el centro de nuestra vida a
Jesús y su mensaje. Así, necesitamos un encuentro vital, personal y comunitario con el maestro, que transforme nuestra propia vida, entusiasme y la resignifique…”. El anuncio testimonial de la Buena noticia, que nos toca a todos; la actitud de servicio, atendiendo a las necesidades y sufrimientos de nuestros hermanos, hará creíble y atrayente la celebración Eucarística y de ella sacaremos la fuerza para llevar adelante la misión.
Nos dice el papa Benedicto en la invitación a la celebración del año de la fe, que comenzará en octubre próximo: “Será también ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía (…) Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe hacer propio” (Porta Fidei 9).

Las lecturas de la misa de hoy nos llevan por el camino pedagógico de Dios, que quiere mostrar su amor misericordioso por su pueblo y purificarlo de sus pecados. En el libro del Éxodo, es Moisés quien asume una actitud sacerdotal ofreciendo un sacrificio de comunión, rociando al pueblo con la sangre de animales, que no alcanza para lavar los pecados. Será Jesús el verdadero cordero de Dios, que quita el pecado del mundo y hace posible la comunión con el Padre y con los hermanos. El ofrece su Cuerpo y su Sangre para la nueva y eterna alianza de amor entre Dios y los hombres. Ya nada la podrá romper, como dice el autor de la carta a los Hebreos: para siempre tenemos un sumo sacerdote que intercede por nosotros ante el Padre.

La Eucaristía, nos dice Aparecida, “signo de unidad con todos, que prolonga y hace presente el misterio del Hijo de Dios hecho hombre, nos plantea la exigencia de una evangelización integral…” (DA 176). Así, no se trata solo de encontrarnos con Él para estar bien nosotros, sino para llevar el bien, en todas sus formas a los demás. Al modo de Jesús, toda la iglesia, como buena samaritana ha de socorrer a quien está necesitado al borde del camino.

¡Cuántos al borde del camino! Señor enséñanos a verlos y conmovernos, para actuar afectiva y efectivamente en su auxilio. ¡Tantos sufrientes, medio muertos a causa de la tristeza, de la parálisis del miedo por la inseguridad, de la impotencia ante tanta impunidad, del desánimo a causa de tantas puertas que se cierran, de tanta falta de diálogo, de perdón!

Jesús, desde la Hostia consagrada nos atrae hacia sí y nos hace entrar en el dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo. (cfr. DA 251). Hemos de ser cristianos eucarísticos ya que la eucaristía es fuente inagotable de la vocación cristiana y, al mismo tiempo, fuente inextinguible del impulso misionero. Cómo nos fortalece y nos llena de esperanza la participación en la misa del domingo, una necesidad interior del creyente, de la familia cristiana, de la comunidad parroquial. (DA 252).

En su palabra y en todos los sacramentos, Jesús nos ofrece un alimento para el camino. La Eucaristía es el centro vital del universo, capaz de saciar el hambre de vida y felicidad: “El que me coma vivirá por mí” (Jn 6,57). En este banquete feliz participamos de la vida eterna y, así nuestra existencia cotidiana se convierte en una misa prolongada. (cfr. DA 354). Esto tiene consecuencias enormes y muy prácticas. San Juan Crisóstomo (s. IV) comentando el evangelio de san Mateo dice así “¿Quieren en verdad honrar el Cuerpo de Cristo? No consientan que esté desnudo. No lo honren en el templo con manteles de seda mientras afuera lo dejan pasar frío y denudez”.

La acción caritativa que brota de la Eucaristía ¡Cuánto nos ilumina hoy, especialmente que coincide con la colecta nacional de Caritas! La hemos de expresar con un estilo pastoral que ayude a descubrir que es prolongación de la presencia de Cristo en la vida de los hombres hoy. Ha de ser necesariamente el estilo pastroal de Jesús. Los obispos argentinos en las Orientaciones pastorales para el trienio 2012 -2014 subrayamos tres actitudes: la alegría; el entusiasmo y la cercanía.

La alegría
La alegría es la puerta para el anuncio de la Buena Noticia y también la consecuencia de vivir en la fe. Es la expresión que abre el camino para recibir el amor de Dios que es Padre de todos. (…)Esta alegría cristiana es un don de Dios que surge naturalmente del encuentro personal con Cristo Resucitado y la fe en él. El anuncio de una “gran alegría” debe marcar el estilo y la mística de la nueva evangelización para provocar un acercamiento a la fe teniendo en cuenta que la Iglesia crece, no por proselitismo, sino por atracción. (cfr. Or. Past. 16 -17)

El entusiasmo
La palabra entusiasmo tiene su raíz en el griego “en-theos”, es decir: “que lleva un dios adentro.”
Este término indica que, cuando nos dejamos llevar por el entusiasmo, una inspiración
divina entra en nosotros y se sirve de nuestra persona para manifestarse. El entusiasmo es la experiencia de un “Dios activo dentro de mí” para ser guiado por su fuerza y sabiduría.
Se opone al desaliento, al desinterés, a la apatía, a la frialdad y a la desilusión.
El “Dios activo dentro” de nosotros es el regalo que nos hizo Jesús en Pentecostés, el Espíritu Santo: “Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido.
Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto.”
(Lc 24, 49). (cfr. Or. Past. 18)

La cercanía
El Dios de Jesús se revela como un Dios cercano y amigo del hombre. El estilo de Jesús se distingue por la cercanía cordial. Los cristianos aprendemos ese estilo en el encuentro personal con Jesucristo vivo, encuentro que ha de ser permanente empeño de todo discípulo misionero. Desbordado de gozo por ese encuentro el discípulo busca acercarse a todos para compartir su alegría.

Santísima Virgen María, ayúdanos a vivir en Jesús, a permanecer en su presencia, enséñanos a amarlo y adorarlo para que de tal modo estemos unidos a El que todos nuestros hermanos se sientan atraídos por El que es un Dios cercano y la fuente inagotable de nuestra alegría, de nuestro entusiasmo y nuestra esperanza. Que así sea.

+ Agustín

 

Fecha junio - 10 - 2012